Los jovenes se mueven pero no se quedan

A las comunidades cristianas de la diócesis de Vitoria

Nos encontramos con generaciones de jóvenes no socializados religiosamente. Las plataformas pastorales al uso son cada día más incapaces de entrar en contacto y hacer propuestas de vida a ese colectivo creciente de jóvenes que no conocen a Jesucristo ni tienen interés por conocerle. Huyen de lo religioso y les apesta lo institucional. La fe y la Iglesia no forman parte de sus centros de interés y son identificados como “caducos” y frenos para su búsqueda de felicidad y libertad. La Iglesia vive en otro mundo distinto del de los jóvenes.

En este contexto Jesús nos invita a evangelizar, a no perder la conexión para vincular jóvenes a Dios, a “remar mar adentro” (Lc 5,4) y pasar a la orilla desafiante de los jóvenes. Estamos invirtiendo muchas energías y pasión en la evangelización con jóvenes, pero no hemos de olvidar que nuestra diócesis sigue siendo “tierra de misión”. Los jóvenes de nuestras ciudades y pueblos han de ser destinatarios de una evangelización más audaz, propositiva, significativa y creativa. Creemos que el Señor Resucitado nos precede y está presente en todos los ambientes donde estamos llamados a “evangelizar educando” siendo “mistagogos”.

Hemos de perder el miedo a introducirnos en el mundo de los jóvenes y poner en práctica un método de evangelización más explícito y una educación que abone y prepare a la escucha del evangelio de Jesús. Toca priorizar el primer anuncio del Evangelio de Jesucristo y presentar con vigor y autenticidad la persona de Jesús de Nazaret.

Para ello necesitamos comunidades evangelizadoras que ofrezcan “una fuerza para vivir”, una alternativa de vida, una propuesta atrayente y palpable. Tenemos un gran déficit de comunidades significativas para los jóvenes. Más bien hay jóvenes y animadores con una identidad débil y difusa que invierten unos años de su vida en la educación de niños, adolescentes y jóvenes pero que no terminan de prepararse ellos mismos para seguir a Jesús y vivir lo eclesial. Estos jóvenes son lo mejor que tenemos, son la primavera eclesial, pero necesitan activar más su fe y socializarla mejor. La acción les moviliza, son muy generosos en su entrega, pero muchos no cultivan suficientemente su fe y su pertenencia comunitaria y eclesial. Y esto se reproduce naturalmente en los chavales con quienes están e intentan evangelizar. Es un círculo vicioso que no tiene salida. La diferencia con respecto a épocas pasadas es que ahora el ambiente no favorece y el viento corre en contra.

Necesitamos cambiar de mentalidad. Hemos de actuar ya con más determinación en los animadores y jóvenes adultos que todavía colaboran y conviven en nuestras plataformas pastorales. Ellos son el primer objeto de nuestra misión. Nadie puede dar lo que no tiene, o donde no hay mata, no hay patata. Si no somos capaces de “ir a por ellos/as”, de suscitar y cuidar su vocación, de mostrarles la perla preciosa y de vincularles a comunidades con futuro, donde ellos sean protagonistas activos y donde su fe se alimente de la fe de la comunidad cristiana… dejaremos pasar un tren que posiblemente ya no volveremos a ver en un tiempo. Y entonces se nos caerá definitivamente todo el edificio pastoral que hemos heredado de unas épocas más boyantes –en cuanto a número- pero que quedaron atrás hace tiempo. Somos testigos de los últimos coletazos de una generación de jóvenes socializados religiosamente que han poblado nuestras comunidades pero no se están quedando en ellas. Aún así vivimos con la certeza de que el Espíritu seguirá suscitando nuevos caminos e irá conduciendo a los jóvenes a la fuente donde brota la vida plena.

Esto es posible si las comunidades, con los curas, los responsables de pastoral, los animadores mayores, etc. nos tomamos más en serio el acompañamiento personal, la formación y la vinculación comunitaria eclesial de los jóvenes animadores y de los jóvenes adultos. Todavía hay cientos, pero hay que ayudarles a despertar y profundizar la fe que ya anida en su corazón; si no, no permanecerán. Sólo quien ha vivido la experiencia de Dios tendrá motivos para seguir adelante, de una forma u otra, en la órbita creyente y eclesial. Ellos son quienes podrán gestar una acción pastoral más misionera con los jóvenes. Sin estos jóvenes re-iniciados, no hay futuro en nuestra pastoral con jóvenes. Y los relevos no están garantizados, como antes. Es cuestión de esperar a que les devore el cansancio, la falta de motivación, la escasez de tiempo, el trabajo galopante, la inercia, la apatía eclesial, las dudas y el sinsentido no acompañados…

Los estudios sociológicos y nuestra experiencia pastoral indican que los jóvenes se sienten a gusto en los grupos eclesiales donde crecen en su mundo relacional y en su espíritu crítico y a veces comprometido con la sociedad. Eso lo sabemos hacer bastante bien. Sin embargo, educar “en la fe”, posibilitar ese encuentro personal y auténtico con Jesús, familiarizarse con la Palabra de Dios, participar en la eucaristía, integrar fe-vida… sigue siendo, en algunos casos, tarea pendiente. Cada vez constatamos que vamos perdiendo liderazgo pastoral con los jóvenes, que nos cuesta moverles hacia propuestas más profundas y fuertes, pero hemos de hacer lo posible para que se introduzcan en el misterio de la fe, queden “tocados” por el Evangelio, establezcan una alianza con el Señor, registren Su “marca” en su corazón y les afecte más en la vida cotidiana y en sus opciones de futuro.

Esta pastoral de pertenencia un poco más intensa se limita a los que proceden preferentemente de procesos de fe lineales, que ya forman parte del paisaje natural de la parroquia, colegio, movimiento, etc. Ahora bien, si con los nuevos adolescentes y jóvenes asumimos esta pastoral de pertenencia fuerte, nos veremos limitados a un grupo muy reducido de jóvenes. Por eso necesitamos nuevos modelos y formas, capaces de contactos puntuales, sabiendo que no va a ser tan inmediato el que se conviertan en puerta de entrada a “procesos”. Hemos de seguir promoviendo procesos lineales y ensayar más otros procesos más circulares o espirales.

En esta “sociedad líquida” en la que vivimos, necesitamos gestar también “pertenencias flexibles” que den respuesta a esa nueva tipología de jóvenes que algunos catalogan como “creer sin pertenecer”, que ahora son la mayoría. Como dicen los obispos de Québec, “se comprende que esta fe, incluso fragmentaria, aún poco coherente, representa a menudo para muchos jóvenes, en las condiciones en las que ellos se encuentran, el máximo de adhesión posible”.

Mal que nos pese, necesitamos optar por el modelo de pertenencia flexible, ofreciendo muchas cosas distintas, porque hay jóvenes para todo. La oferta ha de ser algo intenso para quien busca mucho y algo puntual para el que se está aproximando. Hay que hacer una pastoral con jóvenes “para su futuro”, no sólo para el nuestro. Hacemos nuestra esa intuición de que “tenemos toda una vida para llegar a la fe”, y quizá no hemos de quemar naves aprendiendo a esperar a que el mismo Espíritu movilice el corazón joven hacia el proyecto de Dios.

Este nuevo modelo no puede desarrollarse desde una pastoral territorial, localista y fragmentada. Quizás este modelo de organización nos ha servido hasta ahora, pero en este momento necesitamos urgentemente superar la fragmentación pastoral, derribar las aduanas parroquiales y colegiales y activar, cuanto antes, una pastoral orgánica que supere la pastoral sectorial de muchas actividades, sin coordinación entre sí, haciendo realidad la convergencia y unión de unos y otros, a favor de los jóvenes y con los jóvenes.

Esta nueva forma de entender y hacer pastoral, que viene explicada en detalle en el cuaderno formativo de esta revista, supera el modelo localista y promueve el cambio de una organización aislada a una organización más flexible y abierta donde todos compartamos nuestros dones y carismas, tomemos conjuntamente las decisiones y podamos comunicarlas de inmediato. Esta fraternidad de estilos y carismas posibilitará aglutinar nuestros esfuerzos para multiplicar resultados, poniendo los “mejores” curas, profesores, catequistas, animadores… al servicio de la evangelización de los jóvenes. Sólo habrá jóvenes cuando haya creyentes adultos que quieren estar con jóvenes. No hemos de dejar los grupos, los procesos… en manos de jóvenes o adultos poco evangelizados; éstos necesitan un acompañamiento personal, pues todo lo que no se acompaña, no se inicia ni crece.

Para eso hemos de promover -poco a poco y quien quiera sumarse- una pastoral nuclear, situando algunos focos en nuestra diócesis (p.ej. Vitoria-Gasteiz, la zona Nervión, la Rioja Alavesa y la Llanada) que pueda ofrecer a los jóvenes una propuesta pastoral atrayente, un ambiente juvenil cálido y numeroso, unas experiencias fuertes o fundantes, unas comunidades flexibles y posibles, unos encuentros más masivos, gozosos, festivos, emocionales y de corta duración, un acompañamiento personal de mayor calidad y unas referencias más claras y plausibles…

Nuestra diócesis cuenta con una batería de propuestas pastorales para jóvenes que fomentan experiencias de trascendencia y solidaridad “a la carta”. Durante estos años hemos lanzado y sostenemos iniciativas como la Marcha a Estíbaliz, Emaús, Sicar, Itaunka, Solasean, Ikusiz Ikasi, Jará, Caná, Monte Horeb, Irribarrean, Ereintza, Oración Adviento, Luz de la Paz de Belén, convivencias, retiros, camino de Santiago, Gertu-voluntariado, Ejercicios Espirituales… Todas estas propuestas son mantenidas e impulsadas por equipos de jóvenes y animadores de las plataformas pastorales de la diócesis. No hay que sostenerlas porque sí, sino porque sean instrumentos válidos para gestar juntos una nueva forma de hacer pastoral juvenil, sustentado más en procesos circulares que lineales, en espacios más amplios que la parroquia, colegio y a veces arciprestazgos… Lo ideal es que las experiencias fuertes se hicieran a nivel diocesano y las permanentes a nivel más restringido (parroquia, parroquia y colegio, varias parroquias…).

Cada vez hay menos jóvenes en nuestras plataformas pastorales, y resulta difícil sostener procesos pastorales de cierta calidad en las plataformas pastorales actuales. Nos encontramos con grupos de tres o cuatro chavales, que no siempre acuden al encuentro semanal, con una diferencia generacional de cinco o seis años respecto a los siguientes jóvenes y no digamos con la comunidad parroquial, con unos animadores solitarios y sin equipo… En bastantes casos, la unidad pastoral o incluso el arciprestazgo son insuficientes para la pastoral juvenil, que no para otras áreas pastorales. Los jóvenes no funcionan por barrios e incluso por pueblos; se mueven allí donde hay vida. Lo que toca es sostener y gestar proyectos que sugieran y transmitan vida, centrados y atravesados por Jesucristo, adaptando nuestra organización pastoral en torno a estos proyectos, núcleos o focos vitales y allí se acercarán jóvenes.

Estar CON los jóvenes

En estos tiempos de éxodo pastoral, donde se van cayendo los esquemas, las estructuras, los equipos y las propuestas como si de un dominó se tratara, necesitamos ir a lo fundamental, al corazón de la fe, para que volviendo al amor primero seamos portadores y portavoces de una Buena Noticia que cale en el corazón de los jóvenes.
Los jóvenes necesitan de personas que les hagan caso, estén con ellos, les escuchen, les quieran y amen… Los jóvenes están demandando afecto, atención, cariño, confianza, cuidado, espacio vital, protagonismo, sentido… Los jóvenes sienten un mundo saturado que les queda grande, lleno de posibilidades, pero al mismo tiempo de riesgos e incertidumbres… Los jóvenes están construyendo su identidad en medio de la vulnerabilidad y buscan referentes válidos, atractivos, coherentes… En definitiva, los jóvenes buscan relaciones y proyectos que les sirvan para crecer, avanzar, aportar…
Necesitamos volver a creer en los jóvenes, pero no tanto por lo que nos reportan a nuestras estructuras pastorales ni a nuestras expectativas vocacionales, cuanto por encontrar en ellos una misión recibida “de lo alto” para mostrarles un proyecto de felicidad y plenitud. Sólo personas vocacionadas para los jóvenes y que vivan su fe con adultez, en comunidad, junto a los pobres… serán capaces de adentrarse en su revuelto corazón y ayudarles, bajo la guía del Espíritu, a despertar o alimentar ese “pedazo de Dios” que desde siempre habita en su interior.
Es urgente renovar nuestra fidelidad para con los jóvenes, auscultar con honradez nuestras intencionalidades y cálculos pastorales, retomar nuestra alianza con ellos, desempolvar esa energía radiante de pasión y audacia evangélicas que contagia e invita a caminar… Necesitamos coger el toro por los cuernos, redoblar esfuerzos, no escatimar en medios humanos y materiales… para facilitar Encuentros que lleven a la Vida y a la Esperanza.
Hay que decir bien alto, y que se oiga, que hoy merece la pena gastar tiempo con los jóvenes, ajustar nuestras agendas en función de sus demandas y solicitudes, planear con ellos servicios e iniciativas que les interesen realmente, que les ayuden, y en las que sean auténticos protagonistas y les lleve al Amor que todo lo alcanza… Hay que incrementar nuestro tiempo disponible para estar en medio de los jóvenes, priorizando la relación y posibilitando la experiencia de Dios. Quizás hemos de recuperar un mayor liderazgo pastoral con los jóvenes, de modo que vean en nosotros un estilo de vida y fraternidad, un modo de vivir alternativo, una propuesta creíble y posible para ellos.
Si no somos gente de Dios, difícilmente podemos hablar con convicción y pasión de Dios. Como dicen nuestros obispos en su última Carta Pastoral, “el Evangelio es un manantial de verdad y vida tan precioso hoy como en tiempos de Jesús; un tesoro sin igual para nosotros y para el mundo. Quien lo vive de verdad siente el impulso irresistible de comunicarlo a los demás y su testimonio se hace creíble y eficaz. Para vivirlo sólo hay un camino: seguir a Jesús, cada cual según su propia vocación, bajo la guía del Espíritu”.
Nos podemos rodear de proyectos, de iniciativas pastorales de diverso signo…, pero al final uno mismo se convierte en el mensaje, la oferta y la propuesta para otros. Los jóvenes verán a Jesús en la medida en que cada uno “tengamos los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5). La calidad y la hondura del corazón esculpido día tras día por el Dios de la Vida es el mejor menú que los jóvenes pueden descubrir en nosotros mismos. Y si además eso lo vivimos y lo compartimos en comunidad, facilitamos en el joven un boceto de Reino, un anticipo del sueño de Dios hecho realidad en una comunidad concreta y palpable.
Cada día estoy más convencido que hemos de apostar por un método de evangelización más explícito y una educación que dé autenticidad y profundidad a los valores humanos que preparan a la escucha del evangelio de Jesús. Para ello hemos de reencontrar la alegría de nuestra presencia animadora entre los jóvenes y un acompañamiento personal de cada uno de ellos, dando prioridad al primer anuncio del Evangelio de Jesucristo y a la presentación de su persona.
Nuestra fe no nos lleva a ser eficaces, sino a vivir y transmitir en libertad y amor. El Padre nos pide actuar con urgencia, no nos exige eficacias. La eficacia no está en nuestras manos. El convocar a los jóvenes sí depende de nosotros. Al menos intentar acercarnos a los jóvenes por amor, no por interés. Intentar ir a la persona, saber buscarla para encontrarla, crear ocasiones donde instaurar una relación interpersonal, donde poder escuchar e interesarnos por lo que a él o ella le interesa, descubrir lo que le mueve el corazón, lo que sufre, lo que desea, la aventura que sueña, los afectos que alimenta, las situaciones familiares que vive, los proyectos laborales que realiza…
Cuanto más seducidos nos encontramos por el amor y la llamada del Señor, más enviados nos sentimos a transmitir y a convocar. Estamos llamados a ser interlocutores y asideros para los jóvenes, especialmente excluidos, e intentar que se permitan abrirse al misterio de la Vida.
Aprovechemos esta Cuaresma para orar con y por los jóvenes. Poblemos nuestra oración personal y comunitaria de biografías jóvenes, de rostros e historias de adolescentes y jóvenes con quienes pasamos la vida, disfrutando, disfrutando, disfrutando…
Álvaro Chordi